Esteban seguía llorando al pie de la cama de su moribunda amada Cintia. Ella se desvanecía en un sueño eterno, en un milagro de
virulenta paz que terminaría cuando su envejecida mente desapareciera. Esteban
le despejaba de la cara sus largos cabellos oscuros, para observar su rostro
moreno y redondo; parecía inmortal en el mundo de los sueños.
Ellos vivían en
una mansión heredada de los padres de Esteban, ricos hacendados quienes
controlaban el pueblo de San Francisco de Curaligüén, además de varias
hectáreas de diversas plantaciones. Dicha mansión estaba finamente amueblada, adornada
por bellas estatuas, vitrales y cortinas deliciosamente bordadas, además de
bien servida por un ejército de villanos.





